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lunes, 11 de mayo de 2009

Coordenadas de una despedida



El hombre lleva a cabo un misterioso ritual de despedida, algo que ha nacido en él de forma natural, como quien sencillamente da un paso atrás para alejarse, para ponerse detrás de un cristal que lo protege del sonido, de la temperatura, de la textura de un mundo que se vuelve ajeno a cada instante.
El ritual inicia con un peregrinaje. Así, el hombre recorre el mundo para atesorarlo; lo contempla, lo escucha, lo huele, acaso lo toca y, antes de retirarse, lo captura en una imagen; va trazando el mapa de una realidad, sus desnudas coordenadas.
Cuando ha creado un mosaico de esas imágenes, ya no le es posible percibir la realidad.
Antes de irse, contempla una vez más su gran mosaico; hace un último esfuerzo, desesperanzado, por pulsar la vitalidad que debe estar oculta detrás de las imágnese pero los recuerdos se le escapan. Mira esas imágenes, siente algo parecido a la tristeza, a una suerte de conmiseración por el hombre en el que se ha convertido y llora un poco. Después apunta el arma a su sien y acciona el gatillo.

domingo, 8 de febrero de 2009

Rostros en una Foto Antigua

Observa con atención y te darás cuenta de que lo que te digo es cierto. Sólo hay que concentrarse un poco en esos rostros, en sus gestos, en la mirada fija en una lente que hace ya 80 o 100 años congeló para nosotros sus sonrisas. Mira bien y si logras acallar tus propios pensamientos, quizás alcances a escuchar un soplo, un susurro, el sonido petrificado de una frase y entonces, sentirás un miedo helado, como una gran hueco que de pronto se abre en cada rostro que te observa. Y entonces escucharás tu nombre y sólo en ese instante la verás, ahí, sonriente junto a los demás; tal vez un poco atrás o al lado, casi como una sombra que se burla de ti, desafiante. Y si aún sigues ahí, parpadearás y te preguntarás por qué es justamente ahora que la ves, e incluso es posible que te sorprendas admirado por esa capacidad de ocultarse detrás de una sonrisa o de una voz o de un rostro cualquiera al que, de pronto, sentimos conocer pero que nos es imposible recordar; así, sin un rasgo, nombre ni apellido con el que se la pueda fijar en la conciencia más allá de un instante, del tiempo justo para no caer muerto de miedo. Y si aún sigues ahí, simplemente pasarás de largo y dejarás de verla más mientras ella, la muerte, sonreirá satisfecha de poder estar al lado tuyo hasta confundirse contigo y poderte acompañar, secretamente, hasta el momento en que habrá de presentarse en un susurro último, en un estremecimiento, quizás con algunas palabras amorosas, antes de sorprenderte con el certero golpe que habrá de arrebatarte, finalmente, de la vida.
Te lo preguntarás y, si aún estás con vida, no podrás darte una respuesta.

jueves, 15 de enero de 2009

La Cita

Y Cristo desciende a la ciudad conducido por dos sombras a las que sólo él puede observar. No ha visto su rostro pero sabe que ellas habrán de llevarlo hasta el punto de su cita. Continúa bajando y la ciudad se torna más sombría. Por momentos, tiene la impresión de que avanza a través de un espejismo y sin embargo trata de apurar el paso para no perder de vista a las sombras que lo guían. Poco a poco, los edificios se esparcen hasta diluirse en las orillas de una gran plaza vacía. Cristo siente frío y, acaso, miedo. Camina por la plaza y no sabe dónde está. De pronto una risa atronadora lo ensordece, lo abrasa. Cristo cierra los ojos y sabe que ha llegado el momento de su cita. Abre los ojos, saluda y suelta una sonora carcajada.

martes, 8 de enero de 2008

La anciana y el bebé

Rostro enjuto, piel terrosa; veo a una anciana que alimenta a su bebe. En forma mecánica, lleva la cuchara de un frasco de papilla a la boca sin dientes del infante quien, furioso, patalea y gime en los instantes que separan un bocado del siguiente. Tengo la impresión de que la mujer está en otro lugar, lejos del bebe y de su ansiedad. Así, sin dedicarle una mirada, continúa pausadamente su labor: frasco boca boca frasco.
De pronto, la mujer parece darse cuenta de algo y la cuchara queda suspendida entre el frasco de alimento y la boca siempre abierta del bebe. Veo entonces a la anciana lanzar una rápida mirada al rostro encendido del pequeño para luego, llevar la cuchara hacia su propia boca que se abre oscura, desdentada. Apenas toca la lengua el alimento, su rostro se transforma. Muecas de asco ahondan sus arrugas y la cuchara es arrojada al piso. La mujer tose y el bebe llora, enardecido.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Dos Sueños

Sueño uno, dos hermanos.

Siempre uno al lado del otro, sin mirarse. De vez en vez, el menor es el que habla. Se esfuerza por parecer gracioso, por hacer bromas que, cuando no tienen ningún eco, le hacen encogerse de hombros antes de hundirse en un silencio abrumador. Entonces, con la cabeza baja, mete las manos en las bolsas y trata de no alejarse de su hermano, de caminar cerca de él.
El tiempo pasa y el viento aligera la carga de silencio, lo erosiona. El sonido de los pasos, uno detrás de otro y, de repente, otra broma. Esta vez, el mayor suelta una carcajada y el menor da pequeños saltos antes de arrojarse, con lo ojos brillantes, a los brazos de su hermano. Eufóricos se abrazan y el mayor, tras unos segundos, besa a su hermano en la mejilla para después tomarlo de los hombros y, con firmeza, alejarlo de él.
Los hermanos no se miran.
Reanudan su marcha. En silencio, hasta la siguiente broma.


Sueño dos, un viaje

Veo el mapa de un país y sé que la marcha está por comenzar. El trayecto es largo y peligroso, a través de bosques y ciudades destruidas, siempre a la vera de un río que atraviesa el territorio de sur a norte. Estoy preocupado porque no quiero exponer a mi familia. La guerra terminó hace poco tiempo y, en su disolución, los ejércitos dejaron tras de si zonas altamente radioactivas; lugares aún no identificados que guardan, en su respiración, el soplo de la muerte. Temo no ser capaz de eludir las zonas de peligro.
La marcha comienza.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Extravío

Escuche una voz sin rostro que me decía lo que ves son todas las cosas que nunca has perdido y al oír esas palabras en mi mente resonó una pregunta que, sin entender por qué, repetí una y otra vez como si fuese un salmo ¿y entonces, dónde está todo aquello que he perdido o abandonado, en qué cuarto en qué espacio en qué lugar puedo encontrarlo? y no fue sino hasta que transcurrieron algunos minutos en que la frase volvía a comenzar en el aire y en mi boca, cuando tuve la súbita certeza de que la respuesta no estaba en otro lugar sino en uno de los objetos extraviados, perdidos, para siempre