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martes, 15 de enero de 2008

Rostros conocidos

Hay días en que tengo la impresión de que cada rostro que observo me resulta conocido. Entonces, me dan ganas de parar a la gente y preguntarles si no nos hemos visto alguna vez, para luego continuar, ante su azoro, con preguntas como acaso no nos conocimos en la escuela tal o en aquel curso, o no sería que también trabajó hace ya bastante tiempo en tal o cual empresa y sé que si lo hiciera entonces tendría que afrontar cierta turbación y el gesto y la postura que oscilan entre la desconfianza y esa fría amabilidad que, finalmente, encuentra sus palabras en un cortante no, disculpe, pero a usted no lo conozco. Y sé que en ese instante parpadearía y observaría alejarse al otro al tiempo que yo me siento avergonzado. Pienso todo esto y me contengo. Observo a la gente y me repito que efectivamente no es verdad que tenga tantos conocidos, o que ese algo que creo reconocer en un gesto, en unos ojos, en la forma de una cara, no será capaz de llevarme a algún lugar. Sé que en mi memoria vibran recuerdos que no cesan de alejarse y que jamás podré alcanzar.

¿Cuántas veces no me he sentido como un ciego que de golpe fuese arrojado a tantear en la memoria, a palpar torpemente cada señal en el camino, a luchar por reconocer un movimiento, una mirada, el timbre de una voz?

Miro el espejo retrovisor de mi automóvil y una mujer que se maquilla en otro auto abandona su tarea. Después de unos momentos me sonríe, enigmática. No me parece conocida. Piso el acelerador y, sin mirar atrás, continúo con mi camino.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Recuerdo de un cuarto vacío

¿Se puede hablar del deslumbramiento del pasado, del momento en que las imágenes largamente ocultas, vuelven de pronto de la mano de un estímulo cualquiera? Un olor, un gesto, la intensidad de la luz. ¿Dónde reside la memoria, en qué desván de la conciencia se acumulan los momentos en que nuestra vida alcanza a tocar la siempre esquiva realidad?
Cierro los ojos y trato de recobrar un fragmento del pasado. Espero y ese recuerdo no acude a mi memoria, en cambio, me observo a mi mismo cerrando los ojos y luego de un instante lo que veo es mi propio rostro confundiéndose con el de otro hombre; como si contemplara la imagen de una diapositiva que se disuelve para ceder ante otra imagen, la de alguien que aguarda, con la espalda recargada contra la pared, en el interior de un gran salón vacío. Es de noche y yo sé que afuera llueve. Desde el centro de ese espacio se oye el sonido acompasado de una gota que estalla sobre el piso. El hombre escucha y cuenta las gotas, una a una, setenta y cuatro, setenta y cinco, setenta y seis y con cada gota ese hombre observa el charco que, como una amiba, se va extendiendo sobre el piso. Noventa y cuatro noventa y cinco noventa y seis y observa que la forma avanza y tiende sus tentáculos en el camino que le ofrece la unión entre las lozas. Líneas que se alargan desde el centro y que ciento dos, ciento tres, cuatro también avanzan hacia él ciento nueve, diez y uno de esos tentáculos lo alcanza y moja sus pies y el hombre levanta el rostro y yo siento la humedad del piso y, en ese instante, el recuerdo que buscaba vuelve a mi.